Costa yucateca: un territorio bajo presión ambiental creciente

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Foto: Itzel Chan.

La costa de Yucatán enfrenta varias crisis al mismo tiempo. En sus aproximadamente 378 kilómetros de litoral, distribuidos en 13 municipios costeros, los problemas se encadenan y se refuerzan entre sí, advierten especialistas.

La erosión costera avanza en distintas zonas; los manglares pierden funcionalidad; la contaminación se infiltra silenciosamente en el subsuelo kárstico; la pesca enfrenta presiones crecientes; y el turismo, junto con la expansión inmobiliaria, transforma el territorio a una velocidad que rebasa la capacidad de respuesta institucional.

El deterioro, coinciden especialistas, no puede explicarse únicamente por factores naturales ni únicamente por el desarrollo económico. Es el resultado de una interacción compleja entre ambos.

Untitled design (31).jpgCada vez es más común encontrar sitios sin playa en la costa yucateca. Foto: Itzel Chan.

De acuerdo con la cartografía de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), en 2020 Yucatán contaba con 96 mil 873 hectáreas de manglar, de las cuales al menos 940 ya presentaban algún grado de perturbación.

A pesar de su importancia ecológica, estos ecosistemas continúan bajo presión y entre 2025 y 2026 se registraron clausuras por relleno, desmonte y lotificación en zonas de manglar en localidades como Chicxulub Puerto y Chelem.

En contraste, organizaciones como Pronatura Península de Yucatán reportan avances en conservación: su programa de aves ha contribuido a proteger más de 10 mil hectáreas de manglares, humedales y selvas, y desde 2017, en colaboración con el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional (Cinvestav), han impulsado la restauración de más de 800 hectáreas de hábitat de importancia.

Untitled design (29).jpgLa expansión inmoboliaria en la costa es impresionante. Foto: Miguel Cocom.

Turismo y territorio: una expansión sin límites claros

Investigaciones académicas documentan una “explosión inmobiliaria” en Sisal vinculada al turismo de segunda residencia y al nombramiento como Pueblo Mágico.

Este crecimiento, aunque dinamiza la economía local, también implica cambios acelerados en el uso de suelo, fragmentación de ecosistemas y tensiones sociales.

Para Helena Barba Meinecke, de la Subdirección de Arqueología Subacuática del INAH, el problema debe entenderse desde una perspectiva socioecológica porque  no se puede separar el territorio de las comunidades que lo habitan.

“La relación entre comunidades costeras, ecosistemas, prácticas culturales y formas de vida es fundamental. Cuando se deterioran los hábitats, se contamina el acuífero o se desarticula la gobernanza, también se erosiona la calidad de vida”, advirtió.

Untitled design (27).jpgLa tala de manglares y dunas es frecuente en la zona costera de Yucatán: Foto: Profepa.

Esto implica fortalecer la participación comunitaria, garantizar acceso a la información, como las Manifestaciones de Impacto Ambiental y evitar que el desarrollo turístico rompa el tejido social.

Claudia Teutli Hernández, de la Escuela Nacional de Estudios Superiores Unidad Mérida, subrayó que el estado de los ecosistemas varía a lo largo de la costa. Mientras zonas como Celestún conservan extensos manglares en buen estado, en lugares como Dzilam de Bravo el cambio de uso de suelo avanza rápidamente.

“El deterioro ocurre a gran velocidad y se combina con eventos climáticos que agravan la situación”, señaló.

Ante ello, insistió en la necesidad de fortalecer el monitoreo ambiental, mejorar la calidad y frecuencia de los datos, como los relacionados con agua, manglares y pastos marinos y, sobre todo, involucrar a las comunidades en estos procesos.

Untitled design (28).jpgCada año se suman miles de cuartos en la zona. Foto: Itzel Chan.

“Son quienes viven ahí. La capacitación debe llegar a las comunidades, no quedarse solo en el ámbito académico”, afirmó.

Para Mariana Reyna Fabián, de Oceana México, la complejidad del territorio exige decisiones informadas que integren múltiples dimensiones desde lo ambiental, social, hidrológica y económica.

“No siempre es fácil decidir, pero necesitamos priorizar acciones con base en evidencia y con la participación de todos los actores”, explicó.

En ese sentido, destacó la importancia de construir puentes entre la ciencia y la política pública, así como de incorporar a las juventudes en los procesos de conservación.

"Las juventudes tienen energía, conocimiento y formas de comunicación distintas. Son clave para impulsar cambios”, añadió.

Untitled design (26).jpgAl construir sobre dunas, la erosión les alcanza. Foto: Itzel Chan.

También enfatizó la necesidad de llevar el conocimiento generado en las comunidades hacia las políticas públicas, en un modelo que parta desde lo local hacia lo institucional.

Las especialistas coinciden en que las soluciones deben ser integrales y trabajar en fortalecer la vigilancia comunitaria, impulsar el turismo sostenible, garantizar la transparencia, establecer límites de cambio aceptable y reconocer el valor de los conocimientos tradicionales.

Porque en este territorio, adviertieron que además de los ecosistemas también están en riesgo los vínculos bioculturales que han sostenido históricamente a las comunidades costeras.

* Este artículo fue escrito por Itzel Chan, quien cubre comunidades costeras gracias al apoyo del programa Report for the World.   

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