Hace unos ocho años, Fredi Meléndez Ricardo, avecindado del ejido campechano Centauro del Norte, en Calakmul, llegó a su campo ganadero y vio algunos de sus borregos muertos. Durante casi un mes, encontró un total de unos 50 borregos que habían sido matados del centenar que tenía. Él pensaba: ¿Quién fue?, ¿quién hizo la maldad de matármelos? No estaban ni comidos, solo lastimados, muertos.
Primero creyó que algún vecino los mató. Luego, notó que se trataba de un felino, en específico un jaguar que merodeaba la zona.
Fredi nació en 1984. Su familia llegó a Centauro del Norte desde Veracruz en 1996, cuando tenía 11 años, y a su arribo se dedicó a apoyar a su padre en el trabajo de campo, limpiando solares, acarreando agua; el ejido era un pueblo sin energía eléctrica. Para él era dar un paso “de la luz a la oscuridad”. Después se fue a Estados Unidos, donde estuvo desde 2002 hasta 2019, cuando regresó a Centauro e invirtió en la ganadería.
La muerte de los borregos representaba la pérdida de parte de su patrimonio familiar. El jaguar que atacaba a los borregos escogía a sus presas. “Puras borregas de las más bonitas y todas las que estuvieran cargadas”, dice Fredi.
Había escuchado historias de otros campesinos en la región de Calakmul que, para deshacerse de los jaguares y otros felinos como pumas que atacaban al ganado, usaban perros, humo, lumbre o los llegaban a cazar.
Durante décadas, Fredi y los campesinos de Centauro del Norte y la Selva Maya del sur de la península yucateca han vivido en conflicto con los felinos, sobre todo los grandes. Jaguares y pumas asedian alrededor de los ranchos que manejan y, de tanto en tanto, cazan el ganado, sobre todo animales chicos como borregos.
Según la World Wildlife Foundation (WWF), en la península de Yucatán estos conflictos con ganaderos son la principal causa del tráfico de jaguares y pumas, los felinos más grandes de América.
Fernando Contreras, oficial de campo de la World Wildlife Foundation en Calakmul, explica que no se trata de “una especialización por cacería de jaguares, sino que es circunstancial, meramente oportunista. Una vez que está muerto, ese cadáver, la piel, el cráneo, las garras puedan ser vendidas a un mercado nacional que eventualmente pueda salir a un mercado internacional”.
“El jaguar y los pumas en el proceso de alimentación buscan presas y normalmente cuando salen de las reservas lo que van a encontrar es ganado, pueden ser vacas, pueden ser borregos. Esto crea una interacción negativa con los ganaderos, que al enojarse lo que van a hacer es buscar al animal y matarlo. Una vez que matan al animal, una vez que ya está el cadáver ahí, se crean las condiciones ideales para que haya tráfico”.

Monitorear a los felinos y vigilar a los cazadores
Gelasio Maldonado es vecino de Fredi. Es un hombre flaco de 55 años que participa en organizaciones enfocadas en el cuidado de la naturaleza en conjunto con la sociedad. Camina entre senderos en busca de cámaras trampa con las que monitorea y vigila la selva del ejido Centauro del Norte.
A cada paso el trayecto se hace más pesado. Es pleno mayo, época de secas, pero la Selva Maya es húmeda. El bochorno cálido, el sudor y la cada vez más tupida vegetación lo obligan a detenerse.
–No quiero que te me desmayes –me dice. Él es capaz de resistir esta travesía. Está acostumbrado a recorrer doce kilómetros semanales –seis de ida, otro tanto de regreso– para cambiar las cámaras trampa regadas por doquier.
Pero se fija en mí: me ve cansado y agitado. –Si pasa algo, no te voy a poder sacar de regreso –añade. Si fuera por mí, intentaría continuar, le digo, pero él no se arriesga. Conoce este territorio como la palma de su mano. Sabe la resistencia que los visitantes pueden tener en este lugar.
El calor es excesivo, el camino se perderá en un par de cientos de metros y con cada avance será más difícil adentrarse hacia la selva con ramas que rasguñan y troncos qué sortear. Regresamos nuestros pasos.
Gelasio es consciente que no siempre podrá hacer este trayecto, cada día le pesa más (aunque no tanto como a mí) y en unos años deberá ceder su lugar como guardaparques ejidal a las nuevas generaciones.
Aunque busca formar a su hijo de 12 años en ese camino, teme que nadie más se sume, pues Centauro del Norte es un ejido de emigrantes. Los adolescentes y adultos jóvenes han dejado su hogar en busca del supuesto “Sueño Americano” en Estados Unidos. Así lo hizo Gelasio durante más de una década; así lo han hecho varios de sus vecinos.
Accedemos a la primera cámara trampa. Es un aparato cuadrado, encintado alrededor del tronco de un árbol, a unos 30 centímetros sobre el suelo. Casi no se ve. Hay que ser muy fijado para darse cuenta que está ahí. Con ella, Gelasio, integrante del Consejo de vigilancia ejidal de Centauro del Norte, lleva a cabo el monitoreo de las especies que circulan por aquí como tapires, venados, pavos de monte y felinos: ocelotes, tigrillos, jaguarundis, pumas y jaguares.
Con las mismas cámaras, Gelasio también identifica a los cazadores que salen al monte y le dan muerte a los animales.
Gelasio cambia la memoria SD de la cámara. Una vez al mes hace este recorrido. Son cuatro rutas distintas las que tiene, por lo que una vez por semana se adentra en la selva para extraer la información recabada durante los últimos siete días y colocarle una tarjeta SD limpia para que documente las presencias animales y humanas.
Hacia el sur de Centauro del Norte solo hay selva. Selva, selva y más selva, con varios asentamientos maya prehispánicos escondidos en ella. Son 110 kilómetros de árboles y animales que cruzan la frontera con Guatemala hasta llegar a Uaxactún, un asentamiento prehispánico cercano a Tikal, en el departamento de Petén. Este es el hábitat de los dos grandes felinos latinoamericanos: pumas y jaguares. Sus hogares se extienden desde Estados Unidos hasta Argentina, a través de diversos ecosistemas.
Según Fernando Contreras, las estimaciones de distintas organizaciones es que en el Gran Calakmul habitan unos 500 especímenes. Los datos son imprecisos porque se basan en el monitoreo a través de cámaras trampa de las organizaciones que participan en la región.

Los cercos eléctricos como alternativa
Cuando vio a sus borregos muertos, Fredi pensó en una opción inusual para lidiar con los felinos grandes que acechaban a sus borregos. Recordó que la WWF acudía a Centauro del Norte para invitarles a colocar cercos eléctricos que separaran los animales domesticados y las cosechas, de los felinos y mamíferos vegetarianos como tapires y pavos de monte.
–Perder un animal causa un enojo profundo. Esa persona está enojada siempre porque su patrimonio fue dañado porque el jaguar comió una vaca, comió un cerdo, comió un borrego que quizás estaba destinado para la venta y para fortalecer su economía, dice Contreras.
El propio Fredie intentó acudir a las autoridades y organizaciones para recibir un pago por cada animal cazado por depredadores. Del medio centenar de borregos que fueron matados por el jaguar, solo le pagaron tres; además, le exigieron que presentara fotografías del animal.
–Si ustedes no hacen algo, nosotros ¿qué vamos a hacer? Nosotros sí los vamos a matar –advirtió a WWF cuando solicitó apoyo.
La organización respondió con una propuesta implementada en países como Brasil y Costa Rica: cercos eléctricos.
–Permiten al ganado estar tranquilo porque reducen la depredación al 100%, dice Contreras. Los cercos surgen de un uso de hace décadas en la que se evitaba que el ganado saliera, a través de un pulso eléctrico que se corta, por lo tanto no es una corriente continua que pueda ser peligrosa para animales o personas. Así los animales aprendieron a no acercarse.
Se usaron para mantener fuera a depredadores y en Brasil aprendieron que los jaguares pueden recordar durante ocho meses el dolor que causa el impulso eléctrico para evitar acercarse.
A cada evento de depredación que les reportan, WWF implementa un análisis de la especie que lo realizó. El primer objetivo es levantar la evidencia para identificar quién fue el responsable, si un jaguar, un coyote, porque cada animal tiene un comportamiento distinto y la estrategia debe ser adecuada a la especie, explica Fernando Contreras.
–Cuando los jaguares atacan animales más grandes, lo que voy a encontrar son ciertas mordeduras en lugares muy particulares. El jaguar, por ejemplo, es el único felino que ataca el cráneo; su mordedura es muy fuerte, entonces lo que hace es atacar justo encima de la nuca, separa y rompe las vértebras, lo que causa una muerte inmediata.
La mayoría de los felinos como el puma ataca por asfixia, entonces muerden en la garganta y por asfixia matan el animal. Es muy desordenado, a veces encontramos cadáveres como si algo hubiera explotado, como que lo come de manera aleatoria. Estos indicios nos indican si pudo haber sido un jaguar. Buscamos huellas, buscamos cualquier indicio que nos lleve a él.
En caso de ser un jaguar, WWF vincula al ganadero con otras instancias como la Confederación Nacional de Organizaciones Ganaderas, que tiene un seguro contra depredaciones, en el que puede devolver el costo del animal.
También implementan estrategias que van desde el mejoramiento en la alimentación a través de talleres, capacitaciones con el productor para aportar insumos y el establecimiento de sistemas silvopastoriles para mantener el ganado durante la sequía, entre otros.
De la selva a los mercados
La Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) ha reportado 420 expedientes de denuncia por felinos desde 2010, indica WWF en su estudio Comercio ilegal del jaguar en México (2025) y el Diagnóstico del tráfico ilegal del jaguar en la península de Yucatán (2022).
La Profepa reportó el aseguramiento de 356 ejemplares vivos de jaguar entre 1999 y 2021, 116 productos y subproductos de la especie y se decomisaron 57 ejemplares vivos y 52 productos y subproductos.
La adquisición de jaguares o productos derivados de ellos es para ser mascotas, formar parte de reliquias familiares o como elementos en rituales y ceremonias ancestrales, por lo que su venta se ha identificado en el mercado de Sonora y el Zócalo, en Ciudad de México, en el tianguis Baratillo, de Guadalajara, Jalisco, en Predio o Instalación que Maneja Vida Silvestre (PIVMS) del Estado de México y Puebla, mercados en Michoacán, Oaxaca y carreteras en San Luis Potosí, y la Quinta Avenida, en Playa del Carmen, Quintana Roo.
Fernando Contreras menciona que no se ha identificado un gran mercado internacional desde México, pero en Bolivia existe un comercio establecido para introducir aportes de jaguar en Asia, para suplir a las piezas procedentes de tigres, especie en peligro de extinción.
Los estudios de WWF señalan que el tráfico de jaguares en México ha sido identificado también en redes sociales. En un 75% de los casos se concentraron en el centro del país, en estados como Puebla, Estado de México, Hidalgo y la capital Ciudad de México.
WWF señala: “Los indicios de comercio ilegal de jaguar (partes y productos) encontrados en redes sociales se ofertan en el anonimato: los vendedores ocultan sus perfiles y las transacciones son a través de envíos por paquetería, no hay interacciones directas, ni personales (...) Ocultan los nombres de “jaguar” sustituyéndolo por figuras en el texto, por símbolos mezclados con letras o nombrándolos de otra forma para que los algoritmos de las plataformas no puedan identificarlos”.
Los cibervendedores borran y abren nuevas direcciones en internet, lo que dificulta su localización.
En la península de Yucatán, el comercio ilegal a través de redes sociales está focalizado en Felipe Carrillo Puerto, municipio de Quintana Roo, donde encontraron a tres personas que acaparan los subproductos de la cacería de jaguares, quienes mediante contactos se enteran si alguien cazó un felino para comprar garras y colmillos.
WWF identificó que Calakmul es uno de los sitios donde ocurre el tráfico ilegal del jaguar, pero también señala que el principal motivo para la cacería es el conflicto ganadero.

De cazador a defensor
La relación de Gelasio con la selva ha cambiado a lo largo de los años. Aunque desde su arribo a Centauro se enamoró de la selva, antes era cazador porque “al final era comer carne, no había para comprar un pollo o comprar carne de cerdo o vaca, teníamos que cazar para comer. A mí me encantaba la cacería”.
Pero hoy es más consciente de su relación con los animales porque al involucrarse con las cámaras trampa ya no le gusta matarlos. Además tiene mayor acceso al cerdo o la vaca que en otra época.
–He encontrado animales cerquitita, los animales saben que no los vas a lastimar. Ayer encontré unos faisanes a 200 metros de mi parcela. Los animales saben que tú no los vas a matar. Sienten la vibra.
Aunque propone un equilibrio entre la naturaleza y las personas, sabe que hay quienes aún cazan por necesidad, “pero la idea es ir motivando a la gente a que maten solo para comer, nada más, y tratar de que maten los machos”.
Gelasio me muestra un cerco en su parcela. Tiene un espacio al aire libre y techado sostenido por palos de madera. En uno de ellos está el centro de carga conectado a un “pulsador” que envía los pulsos eléctricos a la cerca de alambre. Hace un ruido monótono constante, un tic tic tic tic tic tic tic tic tic tic tic tic tic, el sonido de la electricidad expulsada por el centro de carga hacia los cientos de metros de alambre metálico alrededor de la parcela.
Un cable va hacia un pequeño panel solar que se sostiene del mismo palo de madera. La cerca cubre alrededor de una hectárea, protege a las vacas mansas que pastorean aquí y ahí. Se acercan a nosotros cuando Gelasio las llama con cariño.
El puma, dice, es un sinvergüenza, fácil se deja ver, pero el jaguar es más reservado. Los felinos se acercan a los espacios rurales sobre todo en la sequía, explica Gelasio.
A veces, metían a algunos animales dentro de sus hogares para no ser presa de los felinos. –Cuando nos atacó, movimos para acá los borregos y había qué encerrarlos. Ahorita con el cerco ya no tienes que cuidar tanto la oveja, el borrego.
Aunque pueda parecer caro, el cerco eléctrico es más económico a largo plazo que un alambre de púas. Es una inversión inicial de entre $15,000 y $20,000 pesos, según el tamaño de la parcela, pero tiene un alambre de triple galvanizado puede tener una vida útil de hasta 30 años. En cambio, con los de púas deben repararse cada cierto tiempo hasta que hay que renovarlos, además de que dejan cicatrices en las manos de quien los manipula. Pero los beneficios van más allá de la preservación de los felinos o de las economías familiares.
Dice Fernando Contreras: –Recuerdo particularmente la esposa de un señor en el oeste de Calakmul que decía ‘desde que tengo el cerco está más tranquilo, yo ya puedo ir a la escuela de los niños, puedo hacerme un pedicure, puedo ir con mis amigas’. Desde que está el cerco se desocupó, dejó de estar pastoreando, a veces pastoreaba a los borregos hasta por doce horas, es un montón de tiempo y un montón de preocupación porque cuando se van a dormir todavía tienen el estrés de que se meta el gato y se coma los borregos.
El cerco eléctrico y la estrategia de abordaje también ha incrementado la calidad de vida de las personas que habitan los ejidos.

Gelasio y yo llegamos a una aguada en la que un tapir se refresca del calor de la temporada de secas en la península de Yucatán. El animal está a unos 25 metros de nosotros, serio, impávido. Cada cierto tiempo se acomoda entre unas ramas. El tapir nos mira desde lejos pero se queda ahí. Gelasio me advierte que no me acerque, no vaya a ser que me corretee. –Con ese tamaño te puede lastimar –añade.
Como parte de la conservación de la naturaleza, para la cual los cercos son pieza clave para preservar las especies de los felinos, en Centauro del Norte planifican alternativas sustentables que permitan desarrollar la economía del ejido con menor impacto al medio ambiente.
La más clara es el turismo de naturaleza, el cual permita a los visitantes recorrer los senderos y las brechas en la Selva Maya para observación de aves, mamíferos e insectos.
–La idea más adelante es hacer miradores en aguadas para ver si baja el jaguar, el tapir. Espera retirarse en unos cuantos años de estas largas caminatas a través de los senderos de la selva en Calakmul.
Mientras, capacita a su hijo para que tome su lugar y pueda, a través de la milpa, la ganadería y el turismo ecológico, quedarse en Centauro del Norte, a diferencia de su padre que cuando joven emigró a Estados Unidos.
Gelasio se ha acostumbrado a ver de cerca a los jaguares, tanto que ya les puso apodos: Carita, porque tiene una carita sonriendo formada por sus manchas; El Chavo del ocho, por tener un ocho; Sid, porque sus manchas asemejan al perezoso de la Era del hielo; y Centauro, el macho alfa. Los reconoce cuando recupera la información grabada por las cámaras.
–Caminan muchísimo, se mueven mucho con las manadas de pecarí labios blancos. El jaguar siempre controla las especies cuando son muchas, sino imagínate las manadonas de tejones que hay. Imagínate que una de esas te agarra una milpa. Mapache también. Igual a los puercos, se los come el jaguar.
Esos mamíferos, incluyendo al tapir, pueden comerse la milpa de los ejidatarios. Los jaguares controlan las poblaciones de especies que afectan la inversión en el campo. Por eso, el jaguar es la especie paraguas de la selva de la que dependen otros animales y humanos.
Esta investigación periodística fue desarrollada en colaboración con la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional (GI-TOC), a través del Fondo Resiliencia y el Observatorio para América del Norte. Su contenido fue producido de manera independiente y no refleja necesariamente las opiniones o posiciones de GI-TOC, del Fondo Resiliencia ni del Observatorio para América del Norte.
Este trabajo es publicado en alianza por Fábrica de Periodismo y Causa Natura Media.




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