No hay nada más importante a las 8 de mañana en San Antonio Necua, una comunidad kumiai al norte del Valle de Guadalupe, en Ensenada, Baja California, que prepararse para recibir agua.
Por un espacio de dos horas, de 8 a 10, las casas de esta comunidad de alrededor de 80 familias, que están conectadas al pozo del pueblo, recibirán limitados litros de agua.
Quienes tienen tinacos los llenan a tope; quienes dependen de pilas, las rellenan hasta la última gota. El agua corre por ese limitado periodo hasta que se vacía la pila de almacenaje del pueblo. Entonces, el comisario cierra la llave de paso y todos tendrán que esperar al día siguiente para volver a abastecerse del líquido.
Lejos quedaron los días de la abundancia que recuerda Paola Cerna de su infancia. Ella es una mujer kumiai que apoya en la coordinación de actividades en el centro turístico Siñaw Kuatay.
A diferencia de otros de su tierra, que emigraron, Paola decidió quedarse en San Antonio Necua: su vida entera la ha vivido ahí. Su memoria sobre la comunidad es tan clara como el agua. La de San Antonio Necua es una historia hídrica que se repite constantemente en el Valle de Guadalupe, Baja California.
Reconocido como el valle vitivinícola más importante de México, más allá de las hectáreas de uvas y olivos están los centros urbanos con una población donde más de 4,500 personas laboran en el sector agrícola. El Porvenir, Francisco Zarco y San Antonio de las Minas, —que suman más de 8 mil habitantes, según el INEGI—, históricamente viven bajo una situación de rezago estructural.

La disponibilidad de agua entubada de red pública, según el Programa Integral del Agua del Municipio de Ensenada, alcanza el 72% de las viviendas en El Porvenir, el 74% en Francisco Zarco y apenas el 55% en San Antonio de las Minas. De una manera u otra, todos saben que el agua del acuífero Guadalupe escasea.
Bajo la presión hídrica, algunos pobladores de San Antonio Necua opinan que nuevos pozos solucionarían el problema de abasto, un argumento que Paola cuestiona: “Siempre está la emoción del nuevo pozo, sí, pero no es la solución, porque primero drenas aquí, luego allá y después en otro lado. Es un círculo vicioso”.
Paola tiene la certeza de que el único camino que les queda es aprender a usar y cuidar el agua que reciben. Apoyarse los unos a los otros, dialogar con los vecinos que la desperdician, convencerlos de que atiendan sus tinacos cuando derraman agua por falta de un flotador y que cierren la manguera si no la están usando. También, motivar a que más personas inviertan en tinacos, a que no se queden sin agua durante las entregas. "Pagar las cuotas, almacenar y cuidar el agua que te llegue”, resume con seguridad.

La presión inmobiliaria sobre el acuífero
Los operadores de la maquinaria obedecieron al ejidatario empecinado en construir sobre las laderas de su predio. Extrajeron el chaparral y abrieron caminos sobre la cuesta de la sierra de San Antonio, al sur del Valle de Guadalupe.
La innegable belleza del paisaje sería el principal atractivo de este proyecto inmobiliario turístico, uno que, paradójicamente, destruiría parte de ese mismo paisaje compuesto de flora nativa que no solamente embellece sin costo al espectador sino también captura e infiltra agua al acuífero.
“Te das cuenta inmediatamente de un nuevo proyecto inmobiliario, acá vivimos, cada día que pasa el paisaje, en nuestro horizonte, tiene más marcas, más heridas. Al observar una nueva herida, uno se hace la pregunta, ¿dónde está esto?”, comenta Axel de la Torre, un integrante de la asociación civil Un Valle de Verdad.
En los últimos años, esta asociación ciudadana se ha convertido en el promotor más activo por la preservación del paisaje y la vocación agrícola en el Valle de Guadalupe. Entre las acciones de la agrupación se incluyen la presentación de denuncias de obras que pudieran violar los reglamentos de zonificación municipales.
“Recibimos denuncias por WhatsApp o a las cuentas de Instagram y Facebook de Un Valle de Verdad. Nos enteramos rápidamente de todo lo que sucede en el mapa porque existe una red ciudadana alerta. Literal, con los ojos abierto”, explica el defensor del territorio.
Con suficiente documentación fotográfica, la asociación civil Por un Valle de Verdad presentó una denuncia contra el responsable del proyecto turístico ante la oficina de Administración Urbana, Ecología y Medio Ambiente del ayuntamiento de Ensenada, la cual motivó, el 23 de enero de 2026, la suspensión temporal de la obra al constatar que carecía de los permisos ambientales necesarios para desmontar en laderas.
El proyecto inmobiliario ignoró por completo el Reglamento de Zonificación y Usos de Suelo del Programa Sectorial de Desarrollo Urbano-Turístico de los Valles Vitivinícolas de la Zona Norte del Municipio de Ensenada, en el que claramente establece a las áreas de piamonte como zonas de conservación, donde edificaciones y apertura de caminos deberán contar con una Evaluación de Impacto Ambiental validada por el Instituto Metropolitano de Investigación y Planeación de Ensenada (IMIP).

Este caso, como en otros, preocupa en demasía a los residentes del Valle de Guadalupe. Muchos, como los activistas de Por un Valle de Verdad, claman por defender el paisaje y la vocación agrícola como columnas fundacionales de este popular destino bajacaliforniano. Pero justamente esa fama internacional es la que le juega en contra.
De fuera llegan cada vez más personas que quieren un pedacito del valle, de su “Toscana mexicana”. Quienes aspiran al sueño campirano bon vivant han prendido la mecha de un sector inmobiliario que avanza con avidez en diversas zonas de El Porvenir y San Antonio de las Minas, donde es común encontrar lonas que anuncian la venta de terrenos que, de costar 2 dólares el metro cuadrado en 2005, ahora alcanzan un precio de hasta 300 dólares el metro cuadrado en 2026.
Axel de la Torre calcula que alrededor de 10 proyectos inmobiliarios avanzan en el valle, reconociendo que esos son los identificables, pues seguramente otros, de menor tamaño, pasan desapercibidos hasta que instalan la chapa de la puerta principal. Hectárea a hectárea, el suelo agrícola pierde la batalla ante la especulación inmobiliaria.
La tendencia, según el Programa Sectorial de Desarrollo Urbano-Turístico de los Valles Vitivinícolas de Ensenada, apunta a una reducción de hasta el 80% de las hectáreas agrícolas, a la par de que se triplique el número de visitantes, en los próximos 30 años.
Ante el desarrollo que persiste, la gran pregunta es hasta qué punto el acuífero Guadalupe, el único cuerpo de agua que abastece a la población y las actividades económicas del valle, podrá soportar la carga. Según el informe de Actualización de la Disponibilidad Media Anual de Agua en el Acuífero Guadalupe, publicado en 2024 por la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA), el acuífero cuenta con 1,355 aprovechamientos de agua subterránea, 348 pozos, 983 norias y 24 manantiales, con un volumen de extracción de más de 21,700,000 metros cúbicos al año.
Del total, el sector agrícola utiliza más de 13 millones m³ (60.4%), el uso público-urbano obtiene más 7 millones m³ (34.6%) y el resto de las actividades arriba del millón m³ (5%). Con mediciones y la suma de concesiones inscritas en el Registro Público de Derechos de Agua (REPDA), sumado a los volúmenes en proceso de registro y titulación, los correspondientes a reservas, reglamentos y programación hídrica, se logró obtener el volumen del acuífero Guadalupe en 2024:

El resultado dista de ser esperanzador. El déficit de 17,958,130 m³ anuales compromete a todo el Valle de Guadalupe. Los técnicos de CONAGUA son categóricos en su informe: no existe el volumen suficiente para nuevas concesiones. Bajo estos flujos, según datos oficiales, el abatimiento total del acuífero Guadalupe los alcanzará en 2032.

Acuerdos del Acuífero
Alrededor de las mesas del salón ejidal se congregan más de 15 integrantes de la comunidad de San Antonio Necua con académicos que pertenecen al Observatorio Guadalupe. Cada uno comparte su realidad, de cómo vive la escasez.
A su vez, escuchan con atención la información presentada por el grupo multidisciplinario: sobre la extensión de la subcuenca Guadalupe, de las fosas que forman el acuífero, del ciclo del agua que la alimenta, de los escurrimientos en laderas y las descargas que mantienen a la región económicamente activa. También entienden del déficit del agua: confirman con datos científicos lo que ya viven.
Este Taller por el Agua forma parte de las actividades de los Acuerdos del Acuífero que impulsa el Observatorio Guadalupe, una agrupación que desde 2019 busca acercar respuestas de científicos e investigadores a las preguntas de la población vallecina. Más de 96 colaboradores han permitido generar espacios de trabajo con los habitantes del Valle de Guadalupe, con información pertinente que les ha permitido hacer ciencia ciudadana y cuidar su territorio.
Esta misma dinámica de San Antonio Necua se repitió en El Porvenir, Francisco Zarco y San Antonio de las Minas, además de versiones específicas para el sector restaurantero y vitivinícola. En cada taller, los participantes muestran un genuino interés en la información científica compartida, es un espacio donde cada uno puede compartir su manera de adaptarse al cambio.
“Ahora que hemos presentado los resultados de los Acuerdos del Acuífero, sabemos que quien vive aquí, sabe del problema hídrico, y quien lo visita, jamás se entera de la escasez. Llega el turista, se toma una ducha cómoda, no le importa si el retrete tiene una fuga, jamás entiende el problema porque no se le hace saber; el turista tiene la lógica de, si yo pago, puedo gastar agua, bajo la deducción de que mi pago por un hospedaje de lujo incluye agua, siempre”, explica la doctora Ileana Espejel, encargada del proyecto de Observatorio Guadalupe.
“Con los restauranteros es diferente, ellos cuidan el agua porque la pagan. Están atentos a las fugas, usan filtros y reutilizan el agua como riego de sus jardines. El local de servicio tiene perfectamente claro el precio del agua”, comenta.
“Al igual, los empresarios vitivinicultores han aceptado el reto y adoptado nuevas tecnologías para dar un máximo aprovechamiento del recurso hídrico. Los empresarios vitivinicultores saben perfectamente de la situación, su inversión está ahí, es su patrimonio”, remata.

Apoyados de sus propios datos y modelos de predicción han podido presentar escenarios futuros del acuífero, un poco más esperanzadores que los datos de CONAGUA. Según sus estadísticas, de mantener el volumen de extracción actual, los niveles del acuífero disminuirán a niveles críticos en 2050; si aumenta un 20%, el acuífero se agota. La buena noticia: si a partir de ahora se comienza un ahorro del 30%, en 2050, el acuífero se recuperará.
Lo esperanzador, como comparte la investigadora, es que de todos los Talleres del Agua han surgido acuerdos comunitarios, desde los mismos pobladores de Francisco Zarco, de El Porvenir, San Antonio de las Minas y los San Antonio Necua. Compromisos de empresarios restauranteros y vitivinícolas en aras de alcanzar ese ahorro meta.
“En todos los casos, entender la realidad del acuífero terminó por transformarlos, por motivarlos a enfrentar el reto que viene. Es un laboratorio de creatividad”, comenta esperanzada Ileana.
Todo mundo sigue soñando por un acuífero recuperado. Los expertos de Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada (CICESE) y Universidad Autónoma de Baja California (UABC) han catalogado al acuífero Guadalupe como uno noble, capaz de recuperarse con un año de lluvia; sin aguas fósiles, siempre con aguas jóvenes; pues el agua sigue fluyendo desde la montaña, y el agua de lluvias se sigue infiltrando.
Si este año llueve, se recuperará un poco el acuífero y otra vez será la felicidad de residentes, agricultores y empresarios vitivinicultores. Si llueve y logran ahorrar ese 30% en su consumo, para 2050, el Valle de Guadalupe podría ser el ejemplo de resiliencia hídrica en el norte árido de México.

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